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El vacío de la realidad

 

Desilusión se podría apodar al sentimiento de la gran mayoría de los balcarceños que, por dos mandatos consecutivos, le brindó el apoyo y confianza en las urnas al Gobierno local encabezado por Esteban Reino.

Para los más devotos del "sí se puede", confusión y dudas es al menos lo que genera el silencio de las autoridades municipales ante tan grave situación que se vive en Balcarce, en medio de una pandemia que parecía tan lejana y que hoy preocupa en demasía, donde nadie parece tener una respuesta que satisfaga a la sociedad -o en su defecto a la mayoría- respecto a cómo se sigue de ahora en más.

Con el sistema sanitario local comprometido, con poco más del 90% de las camas de terapia intensiva ocupadas -cuando en la provincia promedia el 57% y en el país 66%-, los cuestionamientos mutaron de ser una crítica exclusiva de los ajenos hasta convertirse en la incertidumbre de los propios.

Pero ese silencio podría tener una explicación. La más lógica y razonable es que, inmersos en este asunto tan complicado como las dificultades que nos trajo este virus inesperado, ya no es tan fácil conseguir un titular que conforme a la audiencia con una frase boba. Y así ha quedado demostrado con las últimas declaraciones fallidas de funcionarios locales de primer nivel, y a quienes la opinión pública no les perdonó el furcio. En otras circunstancias, no caben dudas de que esas frases llamadas "tribuneras" hubieran generado el estallido de aplausos.

Pero hoy transitamos una etapa crucial a nivel mundial. Y nuestra comunidad no está ajena a esa situación. Las vicisitudes experimentadas durante los últimos meses han corrido un poco el eje de la discusión, y no son muchos -enhorabuena- los que se atreven a hablar en términos electorales. Y a quien lo hace, la sociedad parece hacerles saber que no es momento para llevar agua hacia su molino.

Estos cambios han puesto en jaque al Gobierno local, no por la pandemia en sí -que ya se cobró la vida de cuatro balcarceños-, sino porque se ha encontrado con una disyuntiva inesperada: tomar decisiones que ayuden a preservar la vida y la salud de sus gobernados, o ceder ante las presiones comerciales -pero sobre todo de sus superiores políticos-, e intentar realizar "aperturas controladas" que permitan la libre elección de circular, esparcirse y transitar "en libertad". Este gobierno vive horas decisivas en cuanto a la postura que tomará de ahora en más para intentar mantener a raya, no sólo la propagación del coronavirus, sino también a quienes de ninguna manera están dispuestos a acatar medidas que consideren restrictivas, autoritarias y antidemocráticas. Muchos de estos "rebeldes" aún siguen siendo sus aliados políticos, y allí radica el gran dilema de estos días.

Durante todo el día de ayer sábado se especuló acerca de que el intendente brinde una conferencia de prensa. Lo haga o no, la diferencia no la va a hacer una declaración pública vacía. Ya no. La única novedad auspiciosa sería que la utilice para anunciar medidas que apunten a reducir la circulación de la población. Pero no va a servir -como aseguraba la versión que corrió- que refuercen los retenes con más personal en los ingresos a la ciudad: el virus ya es de transmisión comunitaria, de eso no cabe la menor duda. Usando el sentido común, se debería ceñir la circulación dentro de la ciudad. Pero no sólo obligando al comercio a trabajar hasta determinado horario, sino con estrictos controles donde se constate que todos los balcarceños acatan las decisiones que se toman a favor de la salud de todos.

Pero es más que evidente que esto no va a ser posible. Porque este Gobierno municipal parece medir con doble vara la situación: mientras mediáticamente muestra aplomo en el tratamiento de la pandemia, sus aliados políticos -incluso algún concejal- desfilan en las caravanas con bocinazos anti cuarentena, cada vez más habituales. Como si manifestar en contra de las medidas generadas desde el Gobierno nacional -a las que cada municipio debe acatar y adecuarse- no afectara a las autoridades locales. Además el Ejecutivo de Balcarce se encuentra incomprendido sobre todo por quienes lo apoyaron en sus campañas electorales, y de quienes hoy necesita más que nunca, pero que por esa extraña soberbia pueblerina no comulgan con la idea de ser tratados como todos los demás.

La realidad es que el silencio del intendente, atinado, se debe en gran parte al "reperfilamiento" del discurso, ya que el habitual que ejerció durante años parece haber quedado obsoleto. Ya no hay lugar para errores. Ya no se le perdonan anuncios ridículos como, por ejemplo, el que "ordenaba" que cada balcarceño iba a tener que registrarse con un teléfono celular para ir a comprar un kilo de pan al almacén.

La sociedad ya no tolera discursos vacíos o declaraciones berretas tendientes a provocar una réplica de sus rivales políticos. Los balcarceños demandan definiciones y una solución a un problema que, si no se toman medidas urgentes -a costa probablemente de generar el rechazo de una minoría- se puede tornar en un triste desenlace donde se sigan perdiendo vidas. Y nadie quiere eso.

Esteban Reino tiene la posibilidad, como lo hizo al inicio de la pandemia, de demostrar que no es un funcionario marketinero que sólo surfea con viento de cola. Hoy tiene la chance de probar que es un político realmente preparado para enfrentar una realidad tan intrincada como la que le tocó administrar, así como a quienes tienen funciones públicas en todas las esferas del Estado.

De lo contrario corre el riesgo de quedarse con el sabor de una cosecha humilde, por haber sembrado en la especulación de una realidad vacía que no supo -o no se atrevió- a modificar.