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Política

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NUESTRA DECADENCIA SIGUE ESCRIBIENDO LA HISTORIA



Cada vez que un femicidio, homicidio o hecho de violencia toma repercusión pública, como sociedad nos conmocionamos y nos sentimos afectados, dejando en evidencia la fragilidad de la estabilidad de nuestro bienestar general y de las normas de convivencia. Por estos días la mirada está posada sobre el rugby, sus métodos y sus protagonistas. Pero al corrernos del sobrecogimiento que nos provoca el caso puntual producido hace pocos días en la costera ciudad de Villa Gesell, cada alteración que afecta emocionalmente a cada uno de nosotros por un hecho de semejante crueldad tiene a un verdugo distinto como protagonista. Hoy son unos chicos que practicaban el cuestionado deporte. Antes fueron un policía, un boxeador, un futbolista, un actor, y la lista es interminable. Lo que nos lleva a pensar que la génesis de esos comportamientos tiene su origen en una conducta que va más allá del rol social que ocupan quienes están, de manera directa o indirecta, involucrados en ellos.
Desde hace años se nos viene trillando hasta el hartazgo con el término "grieta". Hasta suena molesto pronunciarlo. En los últimos tiempos, políticamente tan vertiginosos para nuestro país, se lo asoció a las diferencias partidarias de la sociedad: kirchneristas y republicanos. Peronistas y radicales. Pero lo cierto es que, tal como narra la historia argentina, esas diferencias existen desde antes incluso de la división entre Unitarios y Federales. Los unos y los otros, con sus respectivos pros y contras, no veían nunca nada positivo en sus adversarios. El objetivo real, más allá de los fundamentos poéticos de ambos bandos, era hacerse del poder. Poder político y poder real, claramente diferenciables. Estos enfrentamientos datan de los albores del siglo 19 por lo menos, centuria por la que pasaron la Revolución de Mayo, la declaración de Independencia, la primera redacción de la Constitución Nacional. Así y todo, y en consonancia con el desorden que atravesaba el mundo entero, con los años las normas de convivencia de la mano de la política, el estamento judicial y las diferentes instituciones involucradas, lograron instaurar cierto orden. ¿Pero sirvió esto para modificar nuestras conductas como individuos responsables de nuestros actos? En absoluto.


El concejal del macrismo Sebastián Pinilla declaró en El Diario que "circunscribir este flagelo al rugby me parece, por lo menos, irresponsable". Meditada o no, esa frase resume un comienzo para empezar a desmenuzar lo que nos pasa como sociedad. En cualquier esfera que se quiera representar, la competencia parece marcarnos como destinados a ganar como sea, e incluso si somos derrotados, a no aceptar el fracaso. Aunque suene exagerado, parece estar en nuestro ADN. Desde contiendas políticas hasta batallas deportivas, los escenarios donde estemos involucrados en una puja constante parecen no tener fin. Porque cada lector, aunque sólo lo reconozca en su intimidad o para sí mismo, ha vivido una situación de disputa: ya sea en un conflicto marital, laboral o familiar, etc., la sumisión no parece tener lugar en nosotros cuando el resultado no es el que esperamos. Esto no nos convierte en violentos, para nada. Pero nos describe como individuos y como conjunto.

¿PODREMOS ALGUNA VEZ CAMBIAR ESTO?

El común denominador de la sociedad es, lamentablemente, esperar a que alguien aporte las soluciones a todo: poltícos, jueces, policía, etc. Es lógico ya que, además de formar parte de nuestra sociedad, ocupan roles pertinentes. Pero, ¿y nuestra responsabilidad? Porque convengamos que, a quienes les pedimos soluciones inmediatas responden, salvo aborrecibles excepciones, a las demandas de la sociedad. Y en este punto vale aclarar que nadie está exento de recibir críticas al respecto: tanto quienes reclamamos como quienes, por antipatía o no, consideramos que no cumplen de manera efectiva su función. En el imaginario colectivo presuponemos que por encima de cada uno de nosotros siempre va a haber algo o alguien que nos amolde la realidad acorde a como creemos que se debería vivir. Sonará como un autoflagelo, pero todos somos responsables del funcionamiento de una sociedad. Desde nuestra visión y postura en nuestras casas y como interactuamos con los demás sin dejar de lado, además de quienes mencionamos como actores institucionales y políticos, a los medios de comunicación. Guste o no, pasaron a tener un rol crucial en el desarrollo de nuestra vida diaria, para bien y para mal también. Pecaríamos de inocentes si consideramos que los medios que se encargan (o debieran encargarse) de reflejar fiel e imparcialmente lo que acontece a diario lo hacen sin ningún objetivo paralelo, con mensajes que a veces rozan lo espurio. El mismo silencio sobre determinados temas relevantes es tanto o más cómplice que la mentira. Pero en tanto y en cuanto no rompamos el cerco para poder criticar lo que realmente nos parece incorrecto, sea quien sea a quien sentemos en el banquillo, vamos a estar supeditados a los intereses que no siempre, o casi nunca, van de la mano con los de las mayorías.
Párrafo aparte, hablando de medios de comunicación, merece el sistemático trabajo que se hizo durante años para lograr la despolitización de la sociedad. No es muy difícil de entender que, una vez que logramos creer que "son todos iguales", o que la política no sirve para nada, a los sectores capaces de influenciar y modificar los destinos de las masas se les hace una tarea mucho menos complicada. Por caso, y sin ánimo de defender o de formar opinión respecto de la gestión kirchnerista, en los últimos cuatro años se instaló de manera unánime la tremenda corrupción del gobierno anterior, al tiempo que vaciaban las arcas del país y nos hundían en una pobreza casi imposible de imaginar, junto a calamidades financieras y económicas sin precedentes. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el tema que tratamos hoy? Que los medios no sólo son formadores de opinión: en ellos trabajan personas que forman parte de nuestra sociedad, y deberían actuar en consecuencia, como un servicio hacia la sociedad y no como arma de manipulación, casi con un aura de entidades intocables capaces de mirar hacia otro lado cuando sea necesario.

SEXO, DROGAS Y ROCK & ROLL

Es muy común escuchar frases que ya parecen recurrentes al momento de opinar sobre hechos de violencia, como el que se produjo en Villa Gesell y en el cual un joven de 19 años fue brutalmente asesinado por una patota de chicos que, se conoció enseguida, jugaban juntos al rugby. La más corriente es que "lo mató porque estaba drogado o borracho". Más allá del total repudio a cualquier hecho violento hacia un tercero, tal como lo aseguran los expertos en medicina y psicología que se especializan en adicciones, ningún estimulante externo produce un cambio de personalidad. Dicho en otras palabras, uno es lo que es, drogado, borracho o lúcido. A lo sumo actúan como una especie de desinhibidores que disparan la propia personalidad. Entonces, bajo esta aseveración, ¿estos chicos que cometieron semejante barbaridad son asesinos? Técnica y jurídicamente sí, en mayor o menor responsabilidad. Pero la sociedad toda al enterarse del suceso lo primero que se preguntó es qué los habrá llevado a cometer semejante atrocidad. Probablemente hayan sido víctimas de la barbarie social que padecemos desde hace prácticamente dos siglos: nuestra división en defensa de una postura que no acepta otra realidad que la propia. Y a pesar de que suene a justificación, una cosa innegable es que los protagonistas podrían haber sido cualquiera de nuestros seres cercanos, tanto víctima como victimarios. Por eso no podemos desentendernos de que algo muy grave estamos haciendo como sociedad. Estamos fallando en conjunto en la dignificación de los valores esenciales para la buena convivencia. Lamentablemente no nos detenemos en que todos, sin dejar afuera ninguna esfera social, política o cualquiera con un rol activo, somos responsables de lo que nos pasa como población. A Fernándo Báez Sosa lo mató una sociedad violenta incapaz de dejar de ver a quien piensa distinto como a un enemigo. Una sociedad que demanda constantemente pero que no se involucra. Esta sociedad terminó por convertir a un puñado de chicos en asesinos. Nuestra cultura está en decadencia, y sólo depende de nosotros empezar a entender la importancia que tiene para vivir en paz y armonía.
Esta vez fue Villa Gesell, si no maduramos mañana va a ser otra brutalidad y nuestra desidia, una vez más, va a ser cómplice. Aunque sólo culpemos a unos pibes que jugaban rugby.